La semana se abre con un clima de máxima tensión en el movimiento obrero. Mientras el Senado se prepara para sancionar la reforma laboral impulsada por el Gobierno, la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y otros gremios alineados en el Frente de Sindicatos Unidos (FreSu) ultiman los detalles de un paro de 24 horas acompañado por una movilización de 12 horas, previsto para el mismo viernes en que la Cámara Alta trate la iniciativa. El martes se definirá la modalidad de la protesta y se formalizará el pedido a la conducción de la CGT para que se sume a la medida. La estrategia de los sectores más combativos busca presionar a la central obrera, que hasta ahora ha preferido canalizar su resistencia por la vía judicial, con presentaciones para declarar la inconstitucionalidad de la reforma. La UOM, junto a Aceiteros, Pilotos y gremios de las CTA, ya había desafiado a la cúpula cegetista la semana pasada al agregar una marcha al paro general convocado por la central, además de movilizaciones previas en Córdoba y Rosario. Esa dinámica expone la fractura interna: los “dialoguistas” de Azopardo intentan mantener un equilibrio con el Gobierno, mientras los “duros” ligados al kirchnerismo empujan hacia la confrontación abierta. En ese marco, Jorge Sola, uno de los cotitulares de la CGT, admitió que se evalúan nuevas medidas de fuerza, aunque sin definir aún la modalidad. En privado, incluso reprochó al jefe de la UOM, Abel Furlán, por “correr por izquierda” a la conducción. La pulseada se extiende también al plano político. Octavio Argüello, referente de Camioneros y miembro del triunvirato cegetista, advirtió que intentarán “hasta el último minuto” bloquear la reforma en el Senado y redobló la presión sobre gobernadores y legisladores peronistas. “La pelea es en tres frentes: legislativo, judicial y en la calle”, sostuvo, recordando que en dos años ya se realizaron cuatro paros generales y trece marchas. El sindicalismo reconoce que la disputa excede lo gremial y se inscribe en una crisis política más amplia, tanto en el oficialismo como en la oposición. La CGT, atrapada entre la necesidad de sostener el vínculo con el Gobierno y la presión de sus bases, deberá decidir si acompaña la ofensiva de los sectores combativos o si mantiene la estrategia de resistencia institucional.


