La batalla sindical

La batalla sindical

 

En los pasillos de Azopardo, la tensión se palpa como en vísperas de una batalla. La conducción de la CGT, lejos de los discursos altisonantes, se concentra en una tarea silenciosa pero estratégica: reunir los votos necesarios para desarmar la reforma laboral que el Gobierno pretende instalar en el Senado. Los triunviros Cristian Jerónimo, Octavio Argüello y Jorge Sola se convirtieron en operadores políticos, tejiendo acuerdos con gobernadores y senadores de distintos colores partidarios. La consigna es clara: aislar los artículos más polémicos y dejar que otros caigan por su propio peso en los tribunales laborales. El gobernador cordobés Martín Llaryora, tras la multitudinaria marcha en su provincia, retomó contacto con la central obrera. El gesto, interpretado como un respaldo, alimentó la expectativa sindical de que varios mandatarios provinciales se inclinen finalmente hacia su lado. Mientras tanto, en el Consejo Directivo de la CGT se debatió la posibilidad de un paro nacional. La discusión fue áspera, pero prevaleció la idea de que no existe clima social para una huelga inmediata. “Los trabajadores no quieren perder un día de salario”, reconoció un dirigente, consciente de que la pulseada deberá librarse en el terreno parlamentario. El oficialismo insiste en que tiene asegurado el quórum, pero en los pasillos del Senado circula un rumor cada vez más fuerte: la reforma podría naufragar. Los sindicalistas, por su parte, concentran sus fuerzas en defender las cuotas gremiales, la negociación colectiva por rama y la vigencia de la ultraactividad de los convenios. Paradójicamente, en este último punto cuentan con el apoyo de cámaras empresarias que temen el caos operativo que generaría la caducidad automática de los acuerdos. Los asesores legales de la CGT ya preparan sus argumentos: si algunos artículos logran aprobarse, la justicia laboral podría declararlos inconstitucionales en cuestión de días. En ese escenario, la central obrera no sólo busca frenar la reforma, sino también desgastar al Gobierno en su intento de imponerla. La crónica sindical se escribe así, entre roscas parlamentarias, gestos de arrepentimiento y cálculos de poder. El desenlace, como en toda historia política, dependerá de cuántos votos logren juntar en el tablero del Senado.