En el escenario político y económico argentino, la narrativa oficial y la realidad parecen transitar carriles distintos. La Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) encendió las alarmas: once meses consecutivos de caída en las ventas minoristas y un consumo masivo que se desploma desde el inicio de 2026. Sin embargo, en el Amcham Summit, el ministro de Economía Luis Caputo eligió otra lectura. Para él, no hay crisis de consumo, sino un “cambio de lógica”. Con metáforas provocadoras, habló de empresarios que antes “cazaban en el zoológico” y ahora deben enfrentarse a la jungla de la competencia global. En su relato, la responsabilidad no recae en la pérdida del poder adquisitivo de los argentinos, sino en las compañías que no supieron adaptarse. El ejemplo fue contundente: Fate, que decidió no jugar bajo las nuevas reglas, frente a Lumilagro, que según Caputo “invirtió y creció”. La paradoja es que Lumilagro, mientras se exhibe como caso de éxito, redujo su planta en 170 trabajadores y reemplazó producción nacional por importaciones chinas. Una postal incómoda que tensiona el discurso oficial. Caputo, fiel a su estilo, no esquivó la inflación: admitió que marzo mostraría una aceleración, pero prometió que a partir de abril comenzará una “desaceleración muy importante”. Con tono épico, aseguró que “la inflación va a tener certificado de defunción” y que los próximos 18 meses serán “los mejores de la historia”. La crónica política deja así un contraste marcado: mientras los números de consumo y empleo dibujan un panorama sombrío, el ministro apuesta a la narrativa de la resiliencia empresarial y a un futuro inmediato de bonanza. La pregunta que queda flotando es si la sociedad argentina podrá sostener la espera frente a promesas que se repiten, mientras la vida cotidiana se encarece día a día.


